Friday, September 02, 2005

Àngel Blanco

Era una estatua de sal
que temblaba al compás de la lascivia delirante,
el eco de la locura solitaria era su refugio dominical.
Por las noches consagraba su tacto al dios del sonido.

Era una azucena pálida
opacada por mil campos floridos.
Su virginal mirada era una puerta abierta a la melancolía,
a sus sentimientos confusos,
a veces desnudos,
casi siempre ocultos.

Su retina era la ventana opaca
de una autoestima ciega.
Poseía el corte perfecto
que no deja dolor
pero sí muchas cicatrices,
revueltas en una sombra de papel.

Me habló en un lenguaje nuevo,
forjado con mudas metáforas corporales;
su alfabeto sagrado trajo un nuevo sentido.
Las vocales gimieron sensuales,
con la voz tangencial de la dulzura.
El placer sonreía.

Y después vi la desilusión
y vi el dolor,
y sentí el frío más acogedor,
y leí en su llanto mi propia angustia,
y escuché su corazón.

En ella vi arena blanca
que toqué un momento;
sólo un minuto de piel y sueños,
un minuto antes de su ascención bendita.
Ella necesitaba un poeta
y sólo encontró a un niño quebrado
que recién aprendió a volar.
Fue un sacrificio sentimental.

Y entonces vi lágrimas sin estrellas
cayendo en cabello perlado;
vi huellas en concreto
que escribían su nombre,
sus alas,
su lengua suave
labrada en felicidad momentánea.
Así es como vi a un ángel
de limpio terciopelo rosa
envuelto en un manto de nieve cálida.

Vi a un ángel acróbata
realizar sus piruetas en el aire,
flotaba dejando estelas alcohólicas.
De sus ojos fluía una cascada de líquidos espejismos.
Más sobrios que su juventud.

Ella decidió volver a cubrirse
con el polen de la ciudad,
ocultó sus recuerdos borrascosos
con los rasgos musicales de su rostro.
Enrolló sus dedos alrededor de su alma vacía.
Su mirada volvió a oscurecerse.

Ella me escribió en la página faltante
de su libro de memorias doradas.
Y entonces me vi solo
ante un espacio hueco y triste
donde el ángel aparecía de vez en cuando.

Sólo quedó una pluma frágil,
blanca,
como ella solía ser.