Un vuelo.
Caminando desde la oscura esquina de mi desolación, lleguè a la costa sureste de mi fractal, cuyas playas han sido devastadas y donde mis huellas aùn pueden ser leìdas sobre las arenas de mis recuerdos.
Ya no queda mucho tiempo ni espacio.
El fractal casi ha desaparecido.
Me entristece darme cuenta de que no soy nadie realmente; sino una minùscula parte de Dios, el gran fractal. Las personas sólo somos iteraciones de esa gigantesca ecuaciòn.
Aquí mi piel se llena de dudas. – ¿De dònde nace la inspiraciòn?
Sè que no volverè a ver a la musa que me impulsò a ser inmortal, porque ella no me pertenece; tampoco verè a Caos, que me enseñò a crear fractales de cada objeto que hubiera en mi vida y que siempre se comportò como mi tutor. No los verè de nuevo; ellos se aman, yo sòlo fui un mal discìpulo.
Sin ellos vuelvo a estar solo.
Sobre mì se alza majestuosa la bòveda celeste.
Desacostumbrado a ser un concepto que vuele a travès de los sueños de los mortales, siento un deseo tremendo por alcanzar el rostro que no me mira. Esa faz formada por astros aùn no clasificados por el hombre moderno es la constelaciòn a la que amè. No lo puedo evitar, mi corazòn desea llegar hasta ahì. Desde que era niño la observaba y quiero estar con ella. La amaba.
Y en estas tierras destrozadas y sedientas no puedo continuar. Me he decidido por remontar un ùltimo vuelo hacia una de esas estrellas y terminar con un dolor infinito.
Me he suicidado de muchas formas. Pero nunca al calor de una masa estelar.
Ya no serè inmortal, sòlo un montòn de àtomos.
Y comienzo a flotar por los aires.
El horizonte se dobla mientras me despido del Vigìa De Los Cielos; lanzo una ùltima mirada a mi mundo decadente, como si me arrepintiera de lo que hago.
Lo ùnico que veo es a mi ùltima autorreferencia. Trato de despedirme de mi mismo.
–Todo lo que digas serà falso- le digo.
Mi reflejo me contesta –Todo lo que digas serà verdadero.
Siempre jugàbamos este juego y me divertìa.
Hoy sòlo me provoca màs angustia.
Y asì volando, cruzo la atmòsfera. Con el Sol a mis espaldas, beso a la Luna, que sangra como todas las noches cuando hay eclipse.
Todavìa tengo ànimos de juguetear como niño con las òrbitas de Galatea y Tritòn, me desenredo de ellas, para escuchar a los planetas prometerme que me van a extrañar.
He salido del Sistema Solar y mis huesos estàn congelàndose.
Adiòs Andròmeda, Cangrejo y Oriòn. No se culpe a nadie de esto.
A varios años luz de distancia veo el Libro De La Vida con mi nombre incompleto, no sè si se està escribiendo o si se està borrando. Adiòs Jehovà.
Me desean buen viaje la Cruz Del Sur y la Cabellera de Berenice, la Ballena y el Auriga. Mientras atravieso las entrañas de Càstor y de Pòlux, mi miedo se convierte en emociòn.
Pero me detengo. Caos me advirtiò de su existencia.
Cerca de las fronteras del universo, habita el Desintegrador. Un cadàver viviente de varios kilòmetros de largo. Su afilado esqueleto me asusta.
El Desintegrador nada entre polvo còsmico, devorando los sueños olvidados de los humanos que por alguna extraña razòn son abandonados en este punto. Entre millones de imàgenes reconozco dos o tres de mis deseos incumplidos de la infancia.
¿Serà èsta mi oportunidad para ser hèroe?
¿Mi instinto me mandò hasta aquì a matarlo para que mi ego quedara estampado en el firmamento?
¿Mi destino serà morir como màrtir y seudo-mesìas en lugar de morir solo con una estrella?
Creo que no, soy muy dèbil para ello, no basta con ser valiente.
Y es que no hay nada màs aterrador que este ser malèvolo, ni siquiera Lucifer podrìa domarlo. Ni la màs frìa indiferencia, ni la fobia màs terrible se comparan.
En sus colmillos estàn clavados los nombres de la humanidad entera.
Bajo sus costillas de metal veo sus pulmones, dos bolsas de tejido corrompido, que con fuerza aspiran los miedos de los santos y de los paganos.
Sus ojos son dos soles ya convertidos en hoyos negros.
El Desintegrador me mira. Presiente mi intenciòn de atacarlo.
Mejor huyo de aquì.
Asì continùo mi viaje para llegar, ahora sì, a mi constelaciòn. Conforme me acerco a ella, se parece menos a un rostro y màs se ve como un enjambre disparejo. Me desilusiono de nuevo.
Pero ya estoy acercàndome y no puedo dar marcha atràs.
Lo que, desde la Tierra, parecìa una pupila gentil; de cerca es una super nova inmensa, que deseo tocar con mis manos, para acurrucarme con ella y arder con su luz. Para poner punto final a mi historia.
Estoy a dos milìmetros de acariciar esta esfera de fuego que me mira como querièndome consolar. Sòlo dos milìmetros; en estas condiciones el tiempo y el espacio son tan fractales que un par de segundos es eterno.
Y la constelaciòn es tan fractal como mi tristeza.
– ¿Amè el fulgor de tus estrellas realmente?
Quisiera que la galaxia me respondiera, pero ella sòlo me observa con sus luceros pupilas sin poder hacer nada para salvarme. No la culpo.
Estoy a punto de tocarla y quemarme.
Pero justo en este momento siento la horrible presencia del Desintegrador, que me persiguiò hasta acà. Y siento con mucha precisiòn su tajo obsceno que me parte en dos. Mis palabras llegan a la estrella de mi constelaciòn favorita.
– Perdì mucho tiempo contemplàndote, querìa morir abrazado a tu fuego, no por el corte indecente de este monstruo.
El Desintegrador rìe macabramente, juro que mi tìmpano no escuchò nunca un grito tan aterrador, tan rocoso como la maldita risa de la bestia.
Todos mis pecados recorren mi mente, a lo lejos oigo el reproche de siempre.
– “Eres polvo de estrellas petrificàndose, pero los corazones son de carne.”
Fue como si esa pùa sombrìa hubiera cortado una a una las cèlulas de mi espìritu; como si todas las penìnsulas del fractal se separaran de mi cuerpo.
Fue como si cada molècula, cada nùcleo y cada partìcula elemental se disolviera en el espacio vacìo.
No me queda màs remedio que alejarme malherido de la galaxia a la que amè.
Y caigo verticalmente muriendo desafortunadamente y me entrego a esta caìda libre sin fin. Observo de nuevo todos los rincones del mapa celeste mientras bajo.
Por fin exploto armoniosamente en el centro del universo y disperso mi resplandor a todos los sistemas, mi brillo llegarà a la Tierra en unos cinco años.
Supero la velocidad de la luz, alcanzo una aceleraciòn de millones de kilòmetros por segundo cuadrado, es inùtil calcular.
Violentamente rompo el himen de la atmòsfera y caigo de nuevo en las redes multicolores de mi fractal. Mi cuerpo se volviò piedra estelar, un aerolito hueco y duro que deja la señal de su impacto en el suelo agrietado, erosionàndolo.
Y caigo de nuevo en el sueño profundo de la muerte tierna y dulce.
Y… caigo… de nuevo…
Pesadamente abro los ojos, yo…
no sè quièn soy realmente.
Quizà un montòn de polvo de estrellas petrificado y seco.
Miro al cielo y sòlo veo nubes que empañan mi vista. No puedo ver a las galaxias, ni al Desintegrador, ni a mi Constelaciòn amada.
Sobre el fractal yace mi cuerpo inerme, estèril y derrotado. A mi derecha veo las estelas de Caos y de Su Musa.
– Ojalà que a ellos no los vea el demonio que me matò a mi – me digo.
No siento mi alma, ni mi fantasma, ni mi cuerpo. Sòlo siento algo pètreo.
“El Hombre es 5, y el Diablo es 6, entonces Dios es 7”
Todos somos un nùmero. Esta vez soy un cero absoluto, pero todo fractal comienza con un nùmero. Incluso yo puedo ser un logaritmo que se itere de nuevo.
Puedo sentir cada fractal de la creaciòn màs cerca de mi ahora. Cada àrbol, cada nube, cada sonido, cada astro, cada color del arcoiris, cada oraciòn que le hice al Señor, cada caracol, cada pluma y cada pelo, cada palabra suave, incluso la mirada del Desintegrador son fractales.
Yo tambièn puedo volver a empezar.
Hay una sombra que me oscurece, de pronto todo recobra el sentido.
Antes de reconocerla, la sombra me señala un cometa en el cielo.
Ya no queda mucho tiempo ni espacio.
El fractal casi ha desaparecido.
Me entristece darme cuenta de que no soy nadie realmente; sino una minùscula parte de Dios, el gran fractal. Las personas sólo somos iteraciones de esa gigantesca ecuaciòn.
Aquí mi piel se llena de dudas. – ¿De dònde nace la inspiraciòn?
Sè que no volverè a ver a la musa que me impulsò a ser inmortal, porque ella no me pertenece; tampoco verè a Caos, que me enseñò a crear fractales de cada objeto que hubiera en mi vida y que siempre se comportò como mi tutor. No los verè de nuevo; ellos se aman, yo sòlo fui un mal discìpulo.
Sin ellos vuelvo a estar solo.
Sobre mì se alza majestuosa la bòveda celeste.
Desacostumbrado a ser un concepto que vuele a travès de los sueños de los mortales, siento un deseo tremendo por alcanzar el rostro que no me mira. Esa faz formada por astros aùn no clasificados por el hombre moderno es la constelaciòn a la que amè. No lo puedo evitar, mi corazòn desea llegar hasta ahì. Desde que era niño la observaba y quiero estar con ella. La amaba.
Y en estas tierras destrozadas y sedientas no puedo continuar. Me he decidido por remontar un ùltimo vuelo hacia una de esas estrellas y terminar con un dolor infinito.
Me he suicidado de muchas formas. Pero nunca al calor de una masa estelar.
Ya no serè inmortal, sòlo un montòn de àtomos.
Y comienzo a flotar por los aires.
El horizonte se dobla mientras me despido del Vigìa De Los Cielos; lanzo una ùltima mirada a mi mundo decadente, como si me arrepintiera de lo que hago.
Lo ùnico que veo es a mi ùltima autorreferencia. Trato de despedirme de mi mismo.
–Todo lo que digas serà falso- le digo.
Mi reflejo me contesta –Todo lo que digas serà verdadero.
Siempre jugàbamos este juego y me divertìa.
Hoy sòlo me provoca màs angustia.
Y asì volando, cruzo la atmòsfera. Con el Sol a mis espaldas, beso a la Luna, que sangra como todas las noches cuando hay eclipse.
Todavìa tengo ànimos de juguetear como niño con las òrbitas de Galatea y Tritòn, me desenredo de ellas, para escuchar a los planetas prometerme que me van a extrañar.
He salido del Sistema Solar y mis huesos estàn congelàndose.
Adiòs Andròmeda, Cangrejo y Oriòn. No se culpe a nadie de esto.
A varios años luz de distancia veo el Libro De La Vida con mi nombre incompleto, no sè si se està escribiendo o si se està borrando. Adiòs Jehovà.
Me desean buen viaje la Cruz Del Sur y la Cabellera de Berenice, la Ballena y el Auriga. Mientras atravieso las entrañas de Càstor y de Pòlux, mi miedo se convierte en emociòn.
Pero me detengo. Caos me advirtiò de su existencia.
Cerca de las fronteras del universo, habita el Desintegrador. Un cadàver viviente de varios kilòmetros de largo. Su afilado esqueleto me asusta.
El Desintegrador nada entre polvo còsmico, devorando los sueños olvidados de los humanos que por alguna extraña razòn son abandonados en este punto. Entre millones de imàgenes reconozco dos o tres de mis deseos incumplidos de la infancia.
¿Serà èsta mi oportunidad para ser hèroe?
¿Mi instinto me mandò hasta aquì a matarlo para que mi ego quedara estampado en el firmamento?
¿Mi destino serà morir como màrtir y seudo-mesìas en lugar de morir solo con una estrella?
Creo que no, soy muy dèbil para ello, no basta con ser valiente.
Y es que no hay nada màs aterrador que este ser malèvolo, ni siquiera Lucifer podrìa domarlo. Ni la màs frìa indiferencia, ni la fobia màs terrible se comparan.
En sus colmillos estàn clavados los nombres de la humanidad entera.
Bajo sus costillas de metal veo sus pulmones, dos bolsas de tejido corrompido, que con fuerza aspiran los miedos de los santos y de los paganos.
Sus ojos son dos soles ya convertidos en hoyos negros.
El Desintegrador me mira. Presiente mi intenciòn de atacarlo.
Mejor huyo de aquì.
Asì continùo mi viaje para llegar, ahora sì, a mi constelaciòn. Conforme me acerco a ella, se parece menos a un rostro y màs se ve como un enjambre disparejo. Me desilusiono de nuevo.
Pero ya estoy acercàndome y no puedo dar marcha atràs.
Lo que, desde la Tierra, parecìa una pupila gentil; de cerca es una super nova inmensa, que deseo tocar con mis manos, para acurrucarme con ella y arder con su luz. Para poner punto final a mi historia.
Estoy a dos milìmetros de acariciar esta esfera de fuego que me mira como querièndome consolar. Sòlo dos milìmetros; en estas condiciones el tiempo y el espacio son tan fractales que un par de segundos es eterno.
Y la constelaciòn es tan fractal como mi tristeza.
– ¿Amè el fulgor de tus estrellas realmente?
Quisiera que la galaxia me respondiera, pero ella sòlo me observa con sus luceros pupilas sin poder hacer nada para salvarme. No la culpo.
Estoy a punto de tocarla y quemarme.
Pero justo en este momento siento la horrible presencia del Desintegrador, que me persiguiò hasta acà. Y siento con mucha precisiòn su tajo obsceno que me parte en dos. Mis palabras llegan a la estrella de mi constelaciòn favorita.
– Perdì mucho tiempo contemplàndote, querìa morir abrazado a tu fuego, no por el corte indecente de este monstruo.
El Desintegrador rìe macabramente, juro que mi tìmpano no escuchò nunca un grito tan aterrador, tan rocoso como la maldita risa de la bestia.
Todos mis pecados recorren mi mente, a lo lejos oigo el reproche de siempre.
– “Eres polvo de estrellas petrificàndose, pero los corazones son de carne.”
Fue como si esa pùa sombrìa hubiera cortado una a una las cèlulas de mi espìritu; como si todas las penìnsulas del fractal se separaran de mi cuerpo.
Fue como si cada molècula, cada nùcleo y cada partìcula elemental se disolviera en el espacio vacìo.
No me queda màs remedio que alejarme malherido de la galaxia a la que amè.
Y caigo verticalmente muriendo desafortunadamente y me entrego a esta caìda libre sin fin. Observo de nuevo todos los rincones del mapa celeste mientras bajo.
Por fin exploto armoniosamente en el centro del universo y disperso mi resplandor a todos los sistemas, mi brillo llegarà a la Tierra en unos cinco años.
Supero la velocidad de la luz, alcanzo una aceleraciòn de millones de kilòmetros por segundo cuadrado, es inùtil calcular.
Violentamente rompo el himen de la atmòsfera y caigo de nuevo en las redes multicolores de mi fractal. Mi cuerpo se volviò piedra estelar, un aerolito hueco y duro que deja la señal de su impacto en el suelo agrietado, erosionàndolo.
Y caigo de nuevo en el sueño profundo de la muerte tierna y dulce.
Y… caigo… de nuevo…
Pesadamente abro los ojos, yo…
no sè quièn soy realmente.
Quizà un montòn de polvo de estrellas petrificado y seco.
Miro al cielo y sòlo veo nubes que empañan mi vista. No puedo ver a las galaxias, ni al Desintegrador, ni a mi Constelaciòn amada.
Sobre el fractal yace mi cuerpo inerme, estèril y derrotado. A mi derecha veo las estelas de Caos y de Su Musa.
– Ojalà que a ellos no los vea el demonio que me matò a mi – me digo.
No siento mi alma, ni mi fantasma, ni mi cuerpo. Sòlo siento algo pètreo.
“El Hombre es 5, y el Diablo es 6, entonces Dios es 7”
Todos somos un nùmero. Esta vez soy un cero absoluto, pero todo fractal comienza con un nùmero. Incluso yo puedo ser un logaritmo que se itere de nuevo.
Puedo sentir cada fractal de la creaciòn màs cerca de mi ahora. Cada àrbol, cada nube, cada sonido, cada astro, cada color del arcoiris, cada oraciòn que le hice al Señor, cada caracol, cada pluma y cada pelo, cada palabra suave, incluso la mirada del Desintegrador son fractales.
Yo tambièn puedo volver a empezar.
Hay una sombra que me oscurece, de pronto todo recobra el sentido.
Y caigo esta vez dentro de mi mismo.
Y miro las esquinas envejecidas de mi alma.
Y descongelo làgrimas de sal.
Y me reviento en miles de estrellas que se me escapan de las manos y revolotean a mi alrededor. Y parezco alcanzarlas y tocarlas como si fueran una sola.
Antes de reconocerla, la sombra me señala un cometa en el cielo.

4 Comments:
Te comiste mis palabras, nada de lo que pueda decir serìa suficiente... Eres unico.
Excelente... Solo un suspiro puedo dejar...
Un beso...
Alas Rotas, yo tampoco tengo palabras para agradecer uno de los mejores cumplidos que me han hecho.
Y yo tambièn, estoy en la GRANDE.
Angel, mucho gusto y bienvenida a esta pàgina tan torcida.
Un suspiro es màs de lo que se merecen estos textos.
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